-Viejos amigos, que se vuelven
conocidos y terminan siendo extraños – pienso, mientras aplasto a un insecto que
se ha posado sobre mi mano.
¿Es esta la decadencia de la que tantos
hablan?, ¿la etapa más precaria y dura que se supone ha servido de inspiración a
piezas maestras?; supongo que la falta de talento de mi parte para que
las letras salgan disparadas en forma de versos, contradicen a las letras de la cabeza con un simple
escrito en prosa.
Es eso, una prosa ba-ra-ta, planayaburrida, lo que podría resumir estos últimos días. Cada día uno (y lo escribo en masculino porque me da la
sensación de inclusión) se despierta con ese algo de que por fin esa prosa
lineal se torne en una tierna e incendiaria poesía. Poco a poco esa sensación va
desapareciendo. Las manos siguen vacías. Uno deja de buscar. Es hora de ir a trabajar.
Es como si fuera una cicatriz: fea y molesta al principio, pero al final se aprende a vivir con eso y hasta amarla.