Ya está, sucedió y al contrario
de lo que temía y esperaba, llegó la calma. Es más que eso, lo supe en cuanto
charlé con ella. La ausencia de todo.
La vi hace unas semanas, no
estaba del todo bien, al parecer estaba un poco disgustada y decepcionada del
acontecer diario. No la culpo, pero sus
palabras estaban plagadas de sentimientos, deprimentes (en su mayoría), pero
sentimientos al fin y al cabo. Por más que traté, por primera vez no podía
sentir alguna empatía. Me obligué y escarbé en lo más
hondo, nada. El abandono.
Desde esa mañana los días pasaron sin mayor cambio, o al menos
dejó de importarme si los había.
Es como si estuviera suspendida
en una pendiente, lejos de todo, aún se escuchan algunos ruidos de la ciudad,
de su gente, pero poco a poco se ahogan, se vuelven difusos. El mundo sigue su
rumbo, sin mi, como es de esperarse.
Lo supé desde que lo besé. Nada.
Lo abracé y nada. Incluso el erotismo se vuelve tan carente de motivación, es
como estar ahí, abandonarme y sentarme a un lado, mientras veo con la mirada
fija dos cuerpos retorciéndose de placer. Es él. No cabe duda. Pero ¿soy yo?,
de cualquier forma, no tiene importancia.