-¿Qué somos?- me preguntaba el nuevo compañero que había
conocido.
Así… de repente. Me arrojó esa pregunta, yo no
tenía cabeza para esas cosas en ese momento. Horas atrás había ingerido
alcohol, coca y mi cuerpo ya lo resentía, así que le respondí con un mirada de
bitchplease. El me lanzó una mirada de diversión. Se trataba de un juego. Era
el comienzo.
Esa tarde el director de la
revista en la que colaboro nos citó a una reunión para conocer a “los nuevos”,
aunque de alguna forma sólo desconocía a uno de ellos, ya que con Lupita yo me
encargué de mandarle invitación para colaborar.
Con el pensamiento de los últimos
días como universitaria, enfundada en un vestido que parecía más de coctel,
salí del bar en el que me encontraba bebiendo con algunos compañeros en ese
entonces y ahora colegas –cabe destacar que no se a qué me refiero con eso,
puesto que no tengo ocupación alguna, más que vagar, beber y hacer drama- con
tiempo de retraso -COMO SIEMPRE-
llegué a mi destino, saludé a todos al
mismo tiempo (siempre me han incomodado los protocolos de convivencia como el
saludo de beso).
Lo único que deseaba era
arrancarme ese vestido elegante, que había usado horas antes para una sesión
fotográfica.
Bebimos (lo pongo en primer lugar
dado que es lo primero que se hace en esas reuniones). Ya con cerveza en mano, se comenzaron a
discutir diversas cuestiones de la revista -otras no tanto- que si aquélla hizo
esto con el otro, que si se le aquél perdió ya perdió piso, etc.
Horas más tarde eran carcajadas. Uno a uno se fueron yendo. Lo que en un principio eran cinco o seis personas, terminó en tres: el director,
“el nuevo” y la fotógrafa (yo).