Tantos cuerpos torcidos que vagan
como un balbuceo apenas preciso en mi cabeza, mientras tu mano camina sobre mi
espalda. El típico olor a lo más infinito y mortal que quema cada esquina de mi
universo parece terminar ahí: donde el silencio se hace patente, y donde el
aire pesa hasta los huesos. Ahí donde el ser se hizo liviano por unos momentos,
quizá años.
Miro tus ojos y son lodo, tus
caricias lama y no me encuentro, aunque no estoy segura de haberlo hecho alguna
vez. Me pierdo. Me vuelvo a encontrar en esa brillante retina que me muestra un
color café que me parece tan desconocido y lejano ¿cuántos iris he observado
desde esta posición? Probablemente muchos y tal vez sea un intento inútil el
recordar el nombre de cada hombre que posee esos colores y se ha adueñado de mi
colchón, pienso en eso, pero un movimiento brusco me saca del trance, y aunque
tus dedos intentan volver a armar este rompecabezas, sólo soy frío.
Te observo al vestirte, me das un
beso en la mejilla y balbuceas algo que en realidad no me interesa investigar y
te despides con una sonrisa antes de salir de la habitación. La hermosa y
triste rutina nos ha seguido los pasos y ha dado con nosotros.
Es un escenario tan habitual y
mecanizado que ya debería estar condicionada, es una especie de mierda
silenciosa que escapa del sueño. Carcome lentamente hasta convertir todo
precisamente en eso: Mierda.
En fin, todo es un cínico y
rutinario engaño, al final todo se volverá toneladas de vidrio en la garganta;
porque después de tantos años e intentos y más que nada fracasos, el alquimista
muere, y los sueños son tan pesados que nos van hundiendo en este hermoso fango.
No hay comentarios:
Publicar un comentario