lunes, 19 de enero de 2015

Mierda silenciosa.


Tantos cuerpos torcidos que vagan como un balbuceo apenas preciso en mi cabeza, mientras tu mano camina sobre mi espalda. El típico olor a lo más infinito y mortal que quema cada esquina de mi universo parece terminar ahí: donde el silencio se hace patente, y donde el aire pesa hasta los huesos. Ahí donde el ser se hizo liviano por unos momentos, quizá años.
Miro tus ojos y son lodo, tus caricias lama y no me encuentro, aunque no estoy segura de haberlo hecho alguna vez. Me pierdo. Me vuelvo a encontrar en esa brillante retina que me muestra un color café que me parece tan desconocido y lejano ¿cuántos iris he observado desde esta posición? Probablemente muchos y tal vez sea un intento inútil el recordar el nombre de cada hombre que posee esos colores y se ha adueñado de mi colchón, pienso en eso, pero un movimiento brusco me saca del trance, y aunque tus dedos intentan volver a armar este rompecabezas, sólo soy frío.
Te observo al vestirte, me das un beso en la mejilla y balbuceas algo que en realidad no me interesa investigar y te despides con una sonrisa antes de salir de la habitación. La hermosa y triste rutina nos ha seguido los pasos y ha dado con nosotros.
Es un escenario tan habitual y mecanizado que ya debería estar condicionada, es una especie de mierda silenciosa que escapa del sueño. Carcome lentamente hasta convertir todo precisamente en eso: Mierda.

En fin, todo es un cínico y rutinario engaño, al final todo se volverá toneladas de vidrio en la garganta; porque después de tantos años e intentos y más que nada fracasos, el alquimista muere, y los sueños son tan pesados que nos van hundiendo en este hermoso fango.

No hay comentarios: