Una de las cosas que me llama la
atención de un hombre es la forma en que utiliza las palabras.
Recuerdo que dejé de frecuentar a
uno de ellos porque me escribía las frases y apodos más empalagosos e
impersonales como “preciosa” “linda” y además, con faltas de ortografía
imperdonables para un hombre de su edad e historial académico. Me di cuenta
hace unos días de que tendría una ponencia de estética y nosequésubersivo.
Un día, decidí que sus facciones
de niño bonito no aligeraban la carga de lo que la pantalla de mi móvil y
computadora recibían cada vez que nos escribíamos. Entonces, sólo opté por
decirle que ya estaba saliendo con alguien más y gradualmente nos dejamos de
frecuentar.
Ahora salgo con Oscar, con quien
cada vez que vamos caminando por ahí y charlando, me gusta imaginarnos como en
una escena de Linklater (el director de la trilogía “Before”), obviamente más
feos, y con paisajes más bien decadentes y urbanos, pero que con la iluminación
de un sol al atardecer se arregla; usando palabras y frases que crees que jamás
se utilizan en la cotidianidad y si se usan, uno termina pareciendo un snob, de
esos que van solos a los cafés más concurridos y eligen el lugar más vistoso
para ponerse a leer algún libro de algún suicida.
Desde niña me han gustado las
palabras por sus fonemas (no, no estudio ni me interesa esa rama de la lingüística, ni siquiera la lingüística, weba) y hasta ahora no ha sido la excepción. La palabra que
me vuelve loca cada vez que la pronuncia, es “pulsión”, a pesar de no ser tan “fancy”,
o formal. Me gusta cómo suena pul-sión en su boca. Además de su significado,
por supuesto. Pero el sonido me remite a cristales chocando y electricidad.
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